Andrew tenía mucha más apariencia de robot cuando acababa de ser manufacturado, en aquellos días en que los robots eran una rareza en las casas y en el planeta. Su número de serie era NDR..., él no se acordaba de los números; no es que no pudiera, sino que no quería.
Le fue bien en el hogar al que lo llevaron. Había cuatro personas en la casa "el señor", "la señora", "la señorita", y "la niña"; él sabía los nombres de todos, pero no los usaba. El señor se llamaba Gerald Martin.
Todos le tenían un gran afecto al robot, tanto, que a veces le impedían realizar su trabajo en la casa para jugar con la niña y la señorita. La niña, que era muy pequeña y no podía pronunciar las letras, fue la primera en llamarlo Andrew, y los demás hicieron lo mismo.
En su cumpleaños, a la señorita le regalaron un hermoso pendiente, la niña sintió celos porque lo único que tenía era un trozo de madera, así que se lo dio a Andrew junto con un cuchillo de cocina y le ordenó que le hiciera algo, Andrew talló rápidamente e hizo una fabulosa representación geométrica, la niña se lo llevó a su padre, quien al verlo se sorprendió mucho de la obra de arte de Andrew.
Andrew dejó de servir la mesa, pues lo pusieron a leer libros sobre diseño de muebles, y aprendió a fabricar gabinetes y escritorios. Pasó el tiempo, la señorita ya salía con muchachos y la niña ya no era tan niña, y fue ella la primera que se opuso en la costumbre de su padre en regalar los productos de Andrew. El padre aceptó cobrar por ellos, y se ocupó de que la mitad del dinero estuviera en una cuenta a nombre de Andrew Martin. Además consultó con su abogado, John Feingold, para ver si eso era legal, y éste le dijo que crearan un fondo fiduciario para manejar las finanzas del robot.
Con el tiempo surgieron nuevos robots, y Gerald se ocupó de que Andrew contara con cada dispositivo que surgía, al grado de que se convirtió en un dechado de excelencia metálica.
Pasaron los años, el cabello de Gerald Encaneció y el rostro se le puso fofo; no obstante, Andrew tenía mejor aspecto que cuando entró a formar parte de la familia Martin. La señora se unió a una colonia artística en Europa y la señorita era poeta en NY, la niña se casó y tuvo un hijo. Andrew pensó que ya había quien reemplazara a los que se habían ido, así que exponer su petición sería menos injusto, la niña y él habían platicado esto desde hacia tiempo, lo que quería Andrew era obtener legalmente su libertad. No fue nada fácil, en primera instancia porque Gerald se negaba a acceder a la petición de Andrew, ya que creía que el robot no era capaz de entender el significado de libertad; fue la niña quien logró convencerlo. Llevaron el caso a un tribunal, los que estaban en contra de que Andrew obtuviera la libertad decían que esa palabra no significaba nada refiriéndose a un robot. Andrew tomó la palabra y expuso que tal vez no haría más de lo que hacía en ese entonces, pero lo haría con más alegría, y eso le proporcionó al juez un fundamento. El argumento central de su sentencia fue: "No hay derecho a negar la libertad a ningún objeto que posea una mente tan avanzada como para entender y desear ese estado". Más adelante, el Tribunal Mundial ratificó la sentencia.
El señor siguió disgustado, le dijo a Andrew que hiciera lo que le pareciera, y a partir de entonces no lo vio con mucha frecuencia. La niña iba a verlo a menudo a la casita que le construyeron; era equeña, sin cocina ni baño.
Un día el hijo de la niña, George, fue a visitarlo para decirle que su abuelo Gerald estaba agonizando, así que fue a verlo, y Gerlald le dijo que le alegraba que fuera libre. Andrew no sabía cómo expresar lo que sentía, sólo le dijo a la niña "Nunca habría sido libre sin él".
Después de la muerte de Gerald, Andrew comenzó a usar ropa. En ese tiempo había tantos robots como humanos, la niña ya tenía ochenta años, Andrew trató una vez de llamarla señora pero ella no se lo permitió, quería que la llamara niña hasta el día de su muerte. Charlando con George, Andrew descubrió que el lenguaje había cambiado desde que él se había convertido en un ser con lenguaje innato, así que pensó en ir a la biblioteca de la ciudad. Dado que él ya era libre, decidió no avisar a George, sólo dejó un mensaje escrito en un papel y salió. Pero no llegó, todo estaba confuso, era muy diferente a los planos. Cuando decidió pedir indicaciones, se dirigió a dos seres humanos. Ellos no le respondieron, en lugar de eso le ordenaron quitarse la ropa, y como las tres leyes de la robótica seguían vigentes, no tuvo elección más que acceder, también lo llevaron a un lugar tranquilo para ordenarle que se desmontara por sí mismo. En eso llegó George, le dijo al robot que fuera hacia ellos y los muchachos salieron corriendo porque creyeron que les iba a hacer daño. Después Andrew le explicó a George que la razón de ir a la biblioteca era que quería escribir un libro sobre los robots.
Cuando la niña escuchó la historia se enojó mucho, le reprochó a George que disfrutaba de una buena posición gracias al dinero que Andrew había ganado, y le dijo que siendo abogado debía preparar una acción constitutiva, obligar a los tribunales regionales a declarar los derechos de los robots, lograr que la Legislatura aprobara las leyes necesarias y llevar el asunto al Tribunal Mundial si era preciso. Lo que inició como una acción para calmar a la formidable abuela se convirtió en una lucha por conseguir los derechos de los robots. Primero tenían que ganarse la opinión pública, así que George se dedicó a eso, y dejó el trabajo legal a cargo a su hijo Paul. Al final se aprobó una ley según la cual se prohibían las órdenes lesivas para los robots, argumentando que si los robots tenían tres leyes para proteger a los humanos, sería justo que los humanos tuvieran algunas leyes para proteger a los robots. La Legislatura Mundial la aprobó el día de la muerte de la niña. Sus últimas palabras fueron para Andrew, le dijo "Fuiste bueno con nosotros", y murió cogiéndole de la mano. Tiempo después Andrew pidió la ayuda de Paul para conseguir una entrevista con el presidente de Robots y Hombres Mecánicos S.A., pues deseaba ser reemplazado. Todos los robots de más de veinticinco años eran recuperados y reemplazados por robots más modernos, y él quería que su cuerpo fuera reemplazado por un androide. Ya que él era el dueño de sí mismo, las sendas positrónicas de su cerebro no podían ser reemplazadas. Al principio RHM se negaba a efectuar el reemplazo pero Paul, que lo acompañaba, dijo que las personas se burlaban de él que, como robot libre, optaba por usar vestimenta, y que si no aceptan presentaría una querella, así que terminaron por acceder.
Después de la operación Andrew decidió hacerse robobiólogo. Tuvo que empezar de cero, pues no sabía nada de biología y casi nada de ciencias. Empezó a frecuentar bibliotecas, donde consultaba índices electrónicos durante horas. Su apariencia era totalmente normal, debido a la ropa; los pocos que sabían que era un robot no se entrometían. Pasaron los años y Paul envejeció, cuando Andrew fue a visitarlo le contó que había diseñado una cámara de combustión de hidrocarburos, con la cual podría comer y respirar. No quería hacer nada hasta que Paul muriera en paz, pero no estaba solo, aún tenía la firma de Feigold y Martin que se ocuparon de los aspectos legales de la cámara de combustión. Cuando volvió a ir a Robots y Hombres Mecánicos S.A. decidió hacerlo solo, a solicitar el transplante de la cámara de combustión, diciendo que esta invención podía salvar vidas por medio de la prótesis.
La operación resultó todo un éxito, pero había otro factor adverso, ¿cómo desechar lo que no necesitaba su organismo? así que se encargó de diseñar también un dispositivo que se encargara de la parte no combustible de los alimentos sólidos, por lo que solicitó una nueva cirugía que implantase ano y genitales. La protesiología le permitió a Andrew abandonar la Tierra. En las décadas que siguieron a la celebración del sesquicentenario, la Luna se convirtió en un mundo más terrícola que la Tierra en todos los aspectos menos en el de la gravedad, un mundo que albergaba una densa población en sus ciudades subterráneas. Allí, las prótesis debían tener en cuenta la menor gravedad, y Andrew pasó cinco años en la Luna trabajando con especialistas locales para introducir las necesarias adaptaciones. Cuando no se encontraba trabajando, deambulaba entre los robots, que lo trataban con cortesía robótica debida a un hombre. Regresó a la Tierra, que era monótona y apacible en comparación, y fue a las oficinas de Feingold y Martin para anunciar su vuelta. Dijo que en la Luna lo había tratado como humano, ¿por qué no se convertía en uno? El problema era que necesitaban una ley de la Legislatura Mundial. No fue una lucha directa. Feingold y Martin aconsejó paciencia y Andrew masculló que no tenía una paciencia infinita. Luego, Feingold y Martin inició una campaña para delimitar la zona de combate. Entabló un pleito en el que se rechazaba la obligación de pagar deudas a un individuo con un corazón protésico, alegando que la posesión de un órgano robótico lo despojaba de humanidad y de sus derechos constitucionales. Lucharon con destreza y tenacidad; perdían en cada paso que daban, pero procurando siempre que la sentencia resultante fuese lo más genérica posible, y luego la presentaban mediante apelaciones ante el Tribunal Mundial. Llevó años y millones de dólares. Perdían a cada paso que daban, y Andrew conocía la causa subyacente, era que no podían tolerar que un ser humano fuese inmortal, así que decidió practicarse una última cirugía que consistió en reacomodar las conexiones de sus sendas positrónicas a sus nervios orgánicos, de tal forma que poco a poco irían perdiendo señal. Ese enorme sacrificio era demasiado grande para que lo rechazaran. La ceremonia final se programó deliberadamente para el segundo centenario. El presidente mundial debía firmar el acta y darle carácter de ley, y la ceremonia se transmitiría por una red mundial de emisoras y se vería en el Estado de la Luna e incluso en la colonia marciana. Andrew iba en una silla de ruedas. Aún podía caminar, pero con gran esfuerzo. Ante los ojos de la humanidad, el presidente mundial dijo:
"Hace cincuenta años, Andrew fue declarado el robot sesquicentenario" hizo una pausa y añadió solemnemente "Hoy, el Señor Martin es declarado el hombre bicentenario". Andrew yacía en el lecho. Sus pensamientos se disipaban. Intentaba agarrarse a ellos con desesperación. ¡Un hombre! ¡Era un hombre! Quería serlo hasta su último pensamiento. Quería disolverse, morir siendo hombre. Pero, antes de que la imagen de se desvaneciera del todo, un último pensamiento cruzó la mente de Andrew por un instante fugaz."Niña" susurró, en voz tan baja que nadie le oyó.